Los 20 objetos más entrañables de Noviciado 6
13 de febrero de 2006 3:35
Tras la evidente muestra de desequilibrio mental que fue mi anterior entrada, hace falta que reorganicemos el cerebro. Y para ello, nada mejor que una lista. ¿Qué mejor que una sucesión de cosas relacionadas entre sí para poner en orden la cabeza? Y de paso, contamos batallitas.
Así pues, aquí tenéis la lista de LOS VEINTE OBJETOS MÁS ENTRAÑABLES DE NOVICIADO 6, sin ningún orden en particular.
1. El cuchillo gigante. Una noche, Raúl volvió a casa con un cuchillo de madera de metro y medio de largo. Dijo que lo había encontrado en la calle (supongo que se le caería a Ultraman), y no pudo evitar subirlo a casa. Cosa que, por otro lado, no es rara en él. El cuchillo gigante con la hoja ensangrentada está plantado en la pared del salón, se ve desde la calle y sirve de faro a los amigos desorientados que no recuerdan cuál es mi portal.

2. El Mogwai. Este verano, me fui con Dani y Alberto a la playa, y cada día bajábamos a la tienda a comprar tonterías: la revista Vale, pistolas de flechas con ventosa, pistolas de pompas, muñecos de dinosaurios… y el Mogwai de peluche. Cuando Dani lo vio, se enamoró de él y TUVO que comprarlo. Lo que ninguno de los tres sabíamos es que, además de perder pelo, por la noche el Mogwai daba miedo. Para ser exactos, le daba miedo a Dani, que veía en su rostro la maldad personificada y no podía ni mirarlo. Alberto y yo nos reíamos de él y colocábamos al Mogwai en los lugares más insospechados para asustarle. Fue la época en que en vez de decirnos buenas noches decíamos “mira debajo de tu cama…”. Por aquel entonces Dani estaba saliendo de su crisis de asiedad, y es muy probable que Alberto y yo hayamos contribuido a retrasar su recuperación.
El caso es que llegó el momento de volver a Madrid y Dani se negó a llevarse al Mogwai con él, así que me lo quedé yo. Sin embargo, nada más volver, el desgraciado de Juanjo se puso a torturarme psicológicamente con el Mogwai, igual que habíamos hecho Alberto y yo con Dani. Lo escondía debajo de mi cama, lo sentaba en el pasillo y lo metía en los cajones. Justicia poética, supongo. Ahora el Mogwai se ha convertido en el símbolo de la maldad pura. Nadie puede acercarse a él sin sentir escalofríos, y por la noche puedo sentir sus ojos fijos en mí, vigilándome mientras duermo, esperando el momento oportuno para hacerme algo tan malo que no puedo ni imaginarlo. El terror llama a su puerta.

3. La vaporeta. Un regalo que llegó a casa hace ya un año para establecer pronto su reinado en el trastero. Creo que la llegamos a utilizar tres veces. La primera vez los comentarios eran del tipo “esto es la hostia, lo limpia todo, mira qué maravilla”. La segunda decíamos “joder, no entiendo el funcionamiento de esto, yo no veo que haga nada excepto mojar la alfombra”. La tercera fue directamente “trae la aspiradora”. Ahora yace entre botes de pintura, cajas de cartón y bolsas de mierda, cubriéndose de polvo en vez de eliminarlo, que es para lo que fue creada. Es la perfecta definición de impotencia.

4. El gorila con chistera. En lo alto de la vitrina del salón, entre una pelota de playa deshinchada y un reloj del siglo pasado, hay un gorila de 30 centímetros con una chistera y un micrófono en la mano. Se supone que va a pilas, aunque nunca se las he puesto: a saber qué coño canta. Ya le he salvado la vida dos veces, porque Raúl lo quería tirar. Pero no puedo permitirlo, ¿acaso hay algo más molón que un gorila con chistera?

5. El erizo de la entrada. Un misterioso objeto que ya estaba cuando me instalé, y probablemente siga aquí cuando yo desaparezca. Es una especie de cerdo-hucha, sólo que es negro, tiene el morro puntiagudo, cuatro ojos y una inscripción incomprensible en el lomo: MI TE DOY RUCHA SUERTE.
Algunos opinan que en realidad dice “Mi hucha, te doy suerte”, pero el asunto todavía no está claro. Cuando lo encontré estaba sepultado en el fondo de una bolsa, bajo un par de floreros chinos feísimos y un jersey tamaño bebé. Ahora está en el recibidor, atendiendo a las visitas junto a un busto de Fu-Manchú y un juego de bolas de esas que están en fila, y golpeas la del extremo y transmite la energía a la bola del final, y van haciendo tac-tac-tac-tac. Pues eso mismo, sólo que las bolas están enmarañadas y ya no sirven para nada.


6. Bizcoché. Estas navidades María me regaló tres cosas muy significativas: una colonia (el aseo), un libro de Lucía Etxebarría (las mujeres) y un cactus (la responsabilidad). En cierto modo, es como si me hubiese echado el tarot. Me dijo que el cactus era para que aprendiese a cuidar a un ser vivo. Se ve que Frida es demasiado para mí, así que primero empezamos con un cactus, que es la forma de vida más fácil de cuidar después de las cucarachas, y luego iremos subiendo de nivel y es probable que dentro de dos años me atreva con una tenia.
En fin, el cactus se llama Bizcoché, y dicen que sólo necesita mucho sol y que lo riegues muy poco. Eso lo he cumplido: en dos meses que llevo con el cactus sólo le he echado tres gotas de agua. Sin embargo, el pobre es como los informáticos: jamás ha visto la luz del sol, sólo la del flexo. A pesar de todo se mantiene en forma, parece que de momento tiene suficiente absorbiendo las radiaciones del ordenador, pero supongo que cuando llegue el verano tendré que sacarlo a pasear. Bizcoché tiene su nombre escrito en la maceta, es redondo y con muchas púas, muy largas, y si me quedo mirándolo fijamente durante mucho rato acabo pensando que algún día me saltará a la cara para clavarme sus pinchos.

7. La Cocinera. Otro regalo envenenado. La Cocinera es una caja blanca a la que le echas comida y al cabo de un rato te aparece un maravilloso plato listo para comer. Hace lo que sea: legumbres, pasta, carnes, pasteles, lo que le eches. Un invento milagroso que nos hizo mucha ilusión durante dos semanas (¡La Cocinera cocina por ti!), hasta que se fue desvaneciendo y ahora ya no sé ni dónde está.

8. El cartel de La Novia Cadáver. Para personalizar su habitación, Juanjo colgó fotos y dibujos, lo cual está muy bien. Sin embargo, la cumbre decorativa del cuarto de Juanjo es un cartel redondo de La Novia Cadáver en la puerta, por la parte de fuera. El resultado: en medio del pasillo tenemos el cartel de una película que no nos gusta a ninguno de los tres que vivimos en la casa. En su descargo, debo decir que colgó el cartel antes de ver la peli. Según Juanjo, aunque la peli sea una mierda los diseños son bonitos y Helena Bonham Carter es preciosa. Lo que tú digas. Yo en ese cartel sólo veo dos muñecos rodeados de espirales anunciando una peli mala.

9. El collage. Nada más instalarme en la casa, vi que sobraba un corcho de un metro de largo, y con toda mi ilusión me puse a hacer un collage con fotos de películas y dibujos, y una foto de Raúl y otra mía entre ellas. Se suponía que era símbolo de la convivencia, de nuestra amistad y de la nueva etapa que comenzábamos. Aguantó un par de meses en el pasillo, y luego Raúl se las apañó sutilmente para confinarlo en lo más alto del Trastero 2 (antes conocido como Despacho De Raúl, antes conocido como La Habitación Que No Sirve Para Nada), para verlo lo menos posible. Muy significativo.

10. La bicicleta. Más conocida como “la puta bicicleta”, me la prestó un amigo hace más de un año y todavía sigue en casa para desesperación de Raúl. En catorce meses la debo haber usado unas diez veces, así que podemos considerarla un jodido trasto inútil que ha manchado un par de paredes con sus ruedas.

11. El jamón. En la despensa hay un cadáver mutilado. Lleva un año descomponiéndose, colgado de un miserable gancho, y la poca carne que le queda se aferra como puede a sus huesos, y de alguna manera es consciente de que jamás saldrá de ahí. Esta situación escabrosa es el resultado de la fatídica frase: “no tires el jamón, que aunque esté terminado podemos usarlo para hacer un caldo”.

12. El pie mutilado. Otra cosa macabra que salió de la calle para entrar en mi casa: un pie humano de goma, perfectamente hecho, que simula haber sido arrancado de su propietario, con los huesos sobresaliendo y sangre chorreando. Da repeluco tocarlo porque está blandito, y hacía furor en las visitas: otro icono de mi primera época en la casa. Ahora el pobre se encuentra en el Trastero 2 (antes conocido como El Cuarto De La Lavadora, antes conocido como El Viejo Comedor).

13. El San Antonio indultado. Por mi cumpleaños, Paloma me regaló un libro sobre 1000 objetos chorras. Uno de ellos era una figura de San Antonio, y contaba el libro que en Brasil las mujeres meten una figura del santo en la cazuela, hierven el potaje con la figura dentro, sacan al santo y le dicen: “Como no me encuentres marido te vuelvo a hervir”. Después de leer semejante testimonio, salí a la calle, entré en un chino y vi que tenían una figurita de San Antonio con Niño Jesús incluido. No dudé en comprarlo para hacer el ritual, y lo dejé en la cocina al lado de los fogones. No hizo falta cocerlo: por lo visto, al cabo de unos días (supongo que después de vernos cocinar), el santo se acojonó, negoció con su Niño Jesús, hicieron su milagro y se ganaron el indulto… por ahora.

14. El palo inútil con pinzas. De nuevo, un trasto idiota que acabó irremediablemente en mi casa. En este caso, se trata de un palo descolgador de tintorería, con unas pinzas en cada extremo, de esos que sirven para coger cosas situadas en las alturas como unos pantalones, una chaqueta o un yak. Pues en casa tenemos un palo de esos, sólo que no tiene pinzas, así que no sirve para nada. Lo uso para descorrer las cortinas.

15. La katana de madera. Dice Juanjo que se llama Boken. Es un palo que simula ser una katana, y que usan los chinos o japoneses o lo que sea para practicar el arte de la muerte sin tener que sufrir daños irreversibles. Lo encontré en la calle, y tuvo que ser mío. Tiene la punta rota y podrías sacarte un ojo con él, así que lo forré de cinta americana para que no ocurriese ningún accidente… cosa común en mí, que como más o menos dijo el cacahuete, soy único en encontrar formas de hacerme daño.

16. La bolsa de medicinas caducadas. Haciendo limpieza de armarios descubrimos cientos de medicamentos caducados en un cajón. Como ciudadanos responsables que somos, los metimos todos en una bolsa y los dejamos detrás de la puerta del salón. Y ahí siguen los medicamentos caducados, esperando a que decidamos a cuál de las DOS FARMACIAS que hay AL LADO DE CASA vamos a dejarlos.

17. La taza de Jennifer. Un día entré en el chino para hacer la compra, y mis ojos se clavaron en la taza más fea que he visto en mi vida: reproduce un billete ruso, y en medio hay una tía en bikini. Aunque de lejos parece que está muy buena, la verdad es que es fea como un cojón. Juanjo dice que se parece a Jennifer Connelly, y por eso a la taza la llamamos Jennifer. Pero ahí no acaba la cosa. Al llegar a casa, me di cuenta de que las bragas y el sujetador estaban en relieve, como si los hubiesen pintado por encima. Por un momento pensé que la perestroika había censurado a la pobre mujer, así que con un cuchillo nos pusimos a rascarle las bragas, para ver qué había debajo. ¡Y estaba desnuda! Qué emoción, me sentía como un arqueólogo del porno.
Ahora había que quitarle el sujetador, pero rascarle las bragas había sido tan difícil que estábamos cansados, y decidí probar a quemar la pintura con un mechero. El resultado fue asombroso: la pintura no se derritió, sino que transparentó, dejando entrever las tetas de la rusa fea. Y entonces lo comprendimos: si en la taza echas un líquido lo suficientemente caliente, la ropa interior le transparenta. Horas de diversión garantizadas, ¡y sólo por un euro! Así que ahora me tomo el café y el té hirviendo, con la esperanza de calentar a una rusa fea sin bragas hasta que me enseñe las tetas.

18. El paquete de arcilla de la nevera. No caduca, no huele mal, no se la comen las cucarachas. ¿Quién no querría tener un paquete de arcilla durante dos años (de momento) en su nevera?

19. El cenicero del baño. Todos sabemos que los rollos de papel de váter se ponen en un chisme que hay pegado a la pared. Si colocamos el rollo saliendo hacia dentro o hacia fuera es un tema de divertidísimas y apasionadas discusiones de más de media hora, un clásico en la historia de la humanidad, especialmente entre los enanos mentales. Pero lo que muy poca gente se pregunta es: ¿puede utilizarse la parte superior de ese chisme como cenicero? ¿Hay alguien capaz de hacer eso? Pues bien, amigos: la respuesta es sí. Y no soy yo el que lo hace, que conste, porque es algo que no entiendo, cómo puede uno fumar mientras caga. Vale, alguna vez lo he hecho, pero no forma parte de mi modus operandi habitual: cuando voy al baño cojo un libro para entretenerme, o un cuaderno. El cigarro sólo lo llevo si ya estaba fumando en el momento del apretón.
Dicen que Louis Armstrong podía respirar mientras soplaba la trompeta, por eso era tan bueno, porque metía aire a la vez que lo sacaba. Bueno, pues fumar mientras cagas te convierte en el Louis Armstrong de los inodoros. A lo que iba, que me disperso: en mi cuarto de baño, encima del rollo de papel de culo, hay un montoncito de ceniza que sólo se retira cuando vienen las madres, las novias, o alguna visita con la que hay que quedar bien. Así que ya lo sabéis, si vais al baño y veis el montoncito, sentiros afortunados: es que os consideramos de la familia.

Y para finalizar, os hablo de un elemento que no está en la casa, que ni siquiera es un objeto, pero que está en nuestra calle y merece ser tenido en cuenta:
20. LOS PAYASOS. Hace muy poco quedó un local libre en la calle Noviciado. El barrio estaba expectante por saber qué nuevo comercio abriría al lado de la frutería, enfrente de la tienda de artículos egipcios (pirámides, cortinas, vestidos, y armaduras!). Pocos días después, los nuevos inquilinos se instalaron, y resultó ser… bueno, la verdad es que no lo sé muy bien. Sólo sé que ahí dentro hay unos tipos que se pasan el día haciendo malabares o tirados en el suelo, y en el escaparate hay diábolos, mazas y cosas por el estilo. Algunas veces hacen teatro de marionetas. Todavía no he podido determinar si se trata de una academia circense (si lo es, no lo parece) o si solamente es un refugio para que los jóvenes-artistas-bohemios-pero-burgueses no pasen frío en el parque mientras le dan al diábolo. Sea lo que sea, la verdad es que dan un poco de rabia.
Tampoco sé si el local se lo pagan sus padres o les basta con lo que ganan en el metro, pero lo que sí sé es que cada día, cuando Juanjo y yo pasamos por delante y les vemos haciendo sus ejercicios, no podemos evitar murmurar entre dientes, con todo nuestro odio, un despreciativo "payasos…". Los mataríamos.
Y bueno, eso es todo, de momento. Estas son, a grandes rasgos, las pequeñas cosas que hacen que la vida en Noviciado 6 tenga su gracia. Me dejo fuera los platos, cubiertos y el cenicero robados de la universidad, la autobiografía de Stoichkov, el bebé con cara seria y el puño en alto, y los G.I.Joes haciendo posturas homosexuales en la vitrina. Otro día.
Sólo falta la foto de los putos payasos, que no he podido hacerla porque ya es de noche... deberéis pasaros por casa para conocerlos.

César dijo
Te olvidas de cosas maravillosas como: EL MONTÓN DE LIBROS DE CÉSAR (que dejé allí para que Raúl se inspirara para el diseño de producción de Martín M. Martín) y EL MUÑECO DEL MONSTRUO PACTO DE SANGRE TAMBIÉN DE CÉSAR (que dejé allí por exactamente el mismo motivo que lo anterior)... Un día secuestro a mi hermano, plantamos el coche en la puerta y ¡ZAS!, de vuelta a casa...
PD.: ¡Ah!, que no se nos olviden LAS PELIS DE DARIO ARGENTO DE CÉSAR (no me corren prisa, pero ¡VEDLAS, MAMONES!)
20 Febrero 2006 | 02:17 AM